Estallido
de sabor
Verena
sale de su hotel con la cámara al hombro y un plano en la mano. Pasea por la
calle de El Realejo abajo. Su ruta es llegar a María Auxiliadora. Cruza San
Lorenzo y fotografía el rosetón de la iglesia. Va recogiendo instantáneas a
cada rincón asombroso que le sale al encuentro. Pocos pasos le quedan para
llegar al punto señalado en el mapa. Y allí está, frente a esa fachada de
buganvillas granates y esas rejas que la invitan a asomarse. Entra tímida y absorbe la fragancia a bodega
que desprende. Queda fascinada ante el patio enraizado de columnas y flores. Su
mirada es ahora la que retrata cada rincón. Retiene en su retina cada detalle que
le ofrece aquel lugar antiguo. Se rodea
adivinando la historia que la taberna encierra en sus barriles.
Con
su acento alemán pide una copa de oloroso. Entre sus manos contempla al trasluz
el ámbar cuidado de unos jugos sabrosos. A cada inclinación que hace del
catavino, queda llorando el líquido dorado, resbalando por el fino vidrio. Perfuma
sus sentidos con la esencia del caldo. Y suavemente lleva a sus labios el
néctar antiguo de la uva, ambrosía de un silencio derramado en su boca, exquisita
gravedad en un sorbo de elegidas gotas. Ese justo momento solo podrá guardarlo
en sus sentidos, no hay fotografía que encierre aquella única y nueva sacudida
de estallido de sabor.
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