Eureka
El
pequeño Arquímedes siempre fue un soñador. Cada día, se levantaba con algún
invento nuevo con el que fantasear. Recogía pequeñas piezas: cuerdas, alambres,
herramientas de labor y soledad. Se podía pasar días enteros mirando un objeto,
queriéndole encontrar el misterio que encerraba. Los sumergía en agua, los
dejaba reposar al sol, los cubría de arena, los acariciaba buscando aristas
nuevas, intuía las distancias de sus vértices… Para los demás, eran juegos de
un crío con imaginación, para él, eran pequeños triunfos que festejaba dando
brincos y gritando “Eureka”
A
sus hermanos mayores, dedicados a las labores del mar, les parecía pintoresco
que el niño se dedicara a soñar. Les hacía los días divertidos adivinando la
utilidad de los proyectos que creaba. -Sí, sí Arqui, el invento de hoy es muy
bueno-. Les seguían el juego, cogían el aparato de turno, lo contemplaban muy
serios y sin saber ni siquiera para qué servía, les daba un golpecito en el
hombro y un -genial, sigue así-.
Arquímedes,
con el beneplácito de sus hermanos, se volvía feliz hacia su pansiedad, y
continuaba absorto en su rutina de inventar.
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