domingo, 22 de abril de 2018


Eureka

El pequeño Arquímedes siempre fue un soñador. Cada día, se levantaba con algún invento nuevo con el que fantasear. Recogía pequeñas piezas: cuerdas, alambres, herramientas de labor y soledad. Se podía pasar días enteros mirando un objeto, queriéndole encontrar el misterio que encerraba. Los sumergía en agua, los dejaba reposar al sol, los cubría de arena, los acariciaba buscando aristas nuevas, intuía las distancias de sus vértices… Para los demás, eran juegos de un crío con imaginación, para él, eran pequeños triunfos que festejaba dando brincos y gritando “Eureka”
A sus hermanos mayores, dedicados a las labores del mar, les parecía pintoresco que el niño se dedicara a soñar. Les hacía los días divertidos adivinando la utilidad de los proyectos que creaba. -Sí, sí Arqui, el invento de hoy es muy bueno-. Les seguían el juego, cogían el aparato de turno, lo contemplaban muy serios y sin saber ni siquiera para qué servía, les daba un golpecito en el hombro y un -genial, sigue así-.
Arquímedes, con el beneplácito de sus hermanos, se volvía feliz hacia su pansiedad, y continuaba absorto en su rutina de inventar.


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