Herencia robada
Fue en el mes de abril
del 36 cuando mi madre en el lecho de muerte me entregó un pequeño libro y
entre susurros me dijo: - Él te protegerá. Consérvalo siempre. Llévalo a donde
vayas. – Dos horas más tarde, mi madre se convertiría en un recuerdo perpetuo.
Yo tenía por aquel
entonces nueve años. Leí y releí mil veces aquel libro de pasta de piel
ennegrecida, gastada por el tiempo y el uso. Me lo llevaba a la nariz y
absorbía aquel olor a viejo. Lo acariciaba, pasaba mis yemas por cada página
como si fuera la primera vez que caía en mis manos. Tres meses más tarde, la
guerra invadiría mi alma huérfana. Los años en el hospicio secuestrarían mi
niñez, mi juventud y mi único legado: mi pequeño libro.
Hoy, mis canas y mi hija me
acompañan recorriendo cada año la Feria del Libro Antiguo. Paseo entre la gente.
Acaricio las solapas ordenadas de los stands. Aspiro el aroma de aquel recuerdo
infantil con la emoción de encontrar mi herencia robada.
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