domingo, 22 de abril de 2018




Herencia robada


Fue en el mes de abril del 36 cuando mi madre en el lecho de muerte me entregó un pequeño libro y entre susurros me dijo: - Él te protegerá. Consérvalo siempre. Llévalo a donde vayas. – Dos horas más tarde, mi madre se convertiría en un recuerdo perpetuo.

Yo tenía por aquel entonces nueve años. Leí y releí mil veces aquel libro de pasta de piel ennegrecida, gastada por el tiempo y el uso. Me lo llevaba a la nariz y absorbía aquel olor a viejo. Lo acariciaba, pasaba mis yemas por cada página como si fuera la primera vez que caía en mis manos. Tres meses más tarde, la guerra invadiría mi alma huérfana. Los años en el hospicio secuestrarían mi niñez, mi juventud y mi único legado: mi pequeño libro.

Hoy, mis canas y mi hija me acompañan recorriendo cada año la Feria del Libro Antiguo. Paseo entre la gente. Acaricio las solapas ordenadas de los stands. Aspiro el aroma de aquel recuerdo infantil con la emoción de encontrar mi herencia robada.


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